7 secretos sobre el diamante que te encantará descubrir

Fotografía de Diamantes tallados con corte princesa
Cuando acudimos a una tienda especializada (joyería o taller de orfebrería) para adquirir un anillo o unos pendientes, encontramos modelos diversos según su acabado (liso, en filigrana, labrado…) y, la mayor parte de las veces, engarzado o engastado con algún tipo de piedra de gran valor. En este último caso el coste de la joya aumenta debido a los largos y complejos procesos que van desde su extracción a su talla.
Naturalmente parte de este valor depende de la pureza de la gema así como de su clasificación en piedra preciosa o semipreciosa.




Existen cientos de minerales que se emplean en mi oficio de orfebre, pero hoy nos centraremos en una de las principales piedras preciosas: el diamante. 

Marilyn Monroe decía en la icónica película “Los Caballeros las prefieren rubias”, que el mejor amigo de una mujer es sin duda el diamante, y si nos detenemos a pensar en sus propiedades posiblemente esto sea cierto e incluya al género masculino. Belleza, resistencia y una inigualable calidad distinguen a este mineral por encima de los demás, provocando su alza en el mercado hasta límites insondables para la economía de un bolsillo medio.

Pero ¿por qué ese precio? La respuesta a esta pregunta comienza por explicar que un diamante es un alótropo de carbono formado en condiciones de presión y temperaturas extremas que tan solo se encuentran a 190km de profundidad bajo la corteza terrestre, es decir, casi a unos 60 metros del núcleo de la tierra. Tras un largo y lento proceso en el que el calor y fricción convierten la pieza de carbono en nuestro protagonista mineral, el magma formado por las rocas ígneas (kimberlitas y lamproitas) lo empuja hacia la superficie terrestre donde los equipos de excavación especializados extraen el curioso fruto de la naturaleza.
Diamante en bruto con trazas de carbono
Un segundo motivo es sin duda su complejo trabajo a la hora del tallaje. El diamante está marcado con 10 puntos (el máximo) en la escala Mohs de dureza de los minerales, lo que implica que para tallar y dar forma a una pieza en bruto debe emplearse otro diamante. Por ello no es de extrañar que los griegos, deudores de su nombre, dieran en denominarlo “adamás” que significa “inalterable”.

Durante siglos el diamante fue considerado un regalo de los dioses que debía ser entregado como exvoto a los iconos religiosos de cada patriarcado en todos los países extractores e importadores de este mineral, incluyendo la India, donde se comercializó a partir del 800 a.C atribuyendo su creación a la caída de los relámpagos en la tierra.

Testimonio de ofrenda en pintura mural egipcia.
Destacan las tres cestas inferiores llenas de diamantes y rubíes
Un tercer motivo que además conforma una de sus características más importantes, es su capacidad para dispersar la luz blanca en una gama de colores espectrales (para no ponernos demasiado técnicos, éste es el efecto de arcoíris que provoca el diamante al ponerse a contraluz). A partir de esta característica, se creó una escala de pureza para establecer los precios de las piezas, basada en “Las 4 C”: “carat weight, cut, color and clarity” (“peso, talla, color y pureza”). 


Escala de Pureza del Diamante
Existe la errónea creencia de que los diamantes sólo pueden estar compuestos de materia incolora y cristalina, pero según las impurezas que se hallan filtrado en su red natural (denominamos “red del diamante” a la estructura cristalina cúbica que conforma al mineral) encontramos diamantes amarillos (en el caso de contener nitrógeno), azules (en presencia del boro) o verdes, rojos y rosas si han sido irradiados con partículas alfa.

Fotografía de diamantes de diferentes colores y tallas
Antiguamente estos diamantes de fantasía eran descartados, ya que resultaban inútiles para una de las funciones principales de este mineral: la detección de mentiras. Durante el s.XV y hasta casi el s.XVII corrió el rumor de que los diamantes tornaban negros en presencia de falsos testimonios y que por el contrario brillaban cuando alguien decía la verdad. Se llegó a tal fanatismo por esta creencia que incluso fueron empleados en juicios de estado aunque, por supuesto, el resultado dependía no tanto de la verdad como del trucaje con tintes al agua o pulimentos que facilitasen el veredicto esperado por el letrado.

Mineral en bruto con diamante translúcido sobre traza de diamante negro 
Históricamente y al margen de este uso, ha habido un sinfín de diamantes históricamente relevantes (gran ejemplo de ello fue el Diamante Orlov), pero sin duda el de mayor e incalculable valor fue el diamante Cullinan, con un peso de 600 gramos (3000 quilates) que tuvo que dividirse en diversos pedazos más pequeños para poder comercializarse.

Diamante Cullinan en bruto y resultado de uno de sus cortes
A día de hoy, y empleando los modernos métodos de tecnología, se han logrado crear diamantes sintéticos que si bien conservan todas las características de la materia prima original, deslucen en la gama de los quilates que cifran sobre 40.000 en lugar de 120.000. Es por este motivo que el consumidor se enfrenta a menudo con falsificaciones en las que se emplean moissanita (formada por carburo de silicio) y zirconia cúbica (formada por óxido de zirconio) para lograr la apariencia de auténticos diamantes naturales.
De izquierda a derecha: mineral de moissanita; mineral de zirconia cúbica; zirconia cúbica tallada
Si no queremos que esto nos ocurra, siempre debemos acudir a un especialista gemólogo u orfebre con especialidad y conocimiento en este campo, para asegurarnos un auténtico desayuno con diamantes al más puro estilo de Audrey Hepburn.

Pieza de nuestra marca, Waru Waru, con pequeño diamante engarzado.



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